miércoles, 17 de diciembre de 2008

Manejo del respeto a la vida privada en el caso Natalia Martínez


El manejo que hacen los medios de la vida privada, siempre suele ser puesto bajo signo de interrogación. Cuando se habla de aspectos personales de una figura pública o no, todos nos creemos con derecho a saber incluso los primeros rumores, y luego no nos importa si era cierto o no lo que se dijo y cómo eso puede “manchar” el nombre de la persona.
Esto sucedió en el caso de Natalia Martínez: muchas personas resultaron involucradas tanto por la gente como por la policía (al hacer caso omiso de los dichos o al no desmentirlos radicalmente) y sobre todo por parte de la prensa.
El ejemplo del librero, quién se convirtió de forma repentina en un sospechoso de asesinato, apareció en casi todos los diarios. En esos primeros días del caso, fines de enero y principios de febrero, daban el nombre de éste como sospechoso, sin tener con qué sostener dicha afirmación. Luego la policía lo descartó, pero se lo vinculó al crimen de Natalia y a la venta de drogas, entre otras cosas. ¿Qué pasó luego? Su nombre ya se “manchó”, no hay vuelta atrás.
Luego, del propio padre de Natalia, se dijo que algo tenía que ver. No solo lo decía la gente, sino que su nombre, en los diarios, siempre estuvo acompañado por rumores que nunca se llegaron a comprobar. Resultó que podría ser soplón de la policía, que tenía algo que ver con las drogas y que por eso él sería el responsable de la muerte de su hija. ¿Qué pasó? Hebert Martínez se mató. Antes de que se quitara la vida, era el culpable del crimen de Natalia, luego fue peor porque en el “vox populi” se empezaron a fortalecer esos rumores. Se decía que se mató porque algo tendría que ver. ¿De dónde se sacaron esas conjeturas? Rumores y más rumores, que sólo consiguieron “manchar” su nombre.
De pronto, en muchos diarios se empezó a manejar la posibilidad de que Natalia fuera consumidora de drogas o alcohol. Luego de su muerte, un editorial de La República, de fecha viernes 16 de febrero de 2007, apenas seis días de que fuera encontrado su cuerpo, daba a entender esto de la joven. Si consumía, no lo reveló la autopsia. Pero igual quedaba un “manto” de dudas en el ambiente, generado entre otras cosas, por elementos como ese editorial, que si bien nunca afirma, siembra la incógnita. Se habla de una posible forma de vida de alguien que falleció: ¿dónde queda el respeto en estos casos?
Me pregunto ¿todo eso se dijo para llenar las páginas de los diarios, que durante la época estival no tienen casi nada para contar? ¿Qué pasa con aquellas personas cuyo nombre resultó vinculado de forma innecesaria y sin pruebas contundentes de ello?
Siempre hay que manejar argumentos sólidos y comprobables si se va a afirmar algo de alguien, aunque sean meras presunciones ¿o es que la vida privada de las personas que no son figuras públicas, a nadie le importa?

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